PostHeaderIcon Unidad III Capitalismo contemporáneo

LA NUEVA ESCLAVITUD

He venido aquí a reunirme con Seba, una esclava recién liberada. Seba es una joven hermosa y jovial de veintidós años, pero, al contarme la historia, se estremece, comienza a fumar compulsivamente y se le saltan las lágrimas.

Yo crecí con mi abuela en Malí, y, cuando era todavía una niña, vino una mujer que conocía a mi familia y le preguntó si podía llevarme con ella a Paris a cuidar a sus hijos. Le dijo a mi abuela que me matricularía en un colegio y que aprendería francés. Pero, cuando llegué a Paris, no fui al colegio porque tenía que trabajar todos los días. Hacia todo el trabajo de la casa: limpiaba, cocinaba, cuidaba a los niños y daba de comer al bebé. Empezaba a trabajar a las siete de la mañana y terminaba hacia las once de la noche; no tenía ningún día libre. La señora no hacía nada; se levantaba tarde y luego se ponía a ver la televisión o salía a la calle.
Un día le dije que quería ir al colegio. Me contesto que no me había traído a Francia para ir al colegio, sino para cuidar de sus hijos. Yo estaba agotada. Tenía problemas con los dientes; a veces me hinchaba la mejilla y sentía un dolor espantoso. A veces me dolía el estomago, pero cuando estaba enferma tenía que trabajar. A veces, cuando me dolía mucho, empezaba a llorar, y entonces la señora me gritaba.
Dormía en el suelo en el cuarto de los niños; me alimentaba de sus sobras. No me dejaban coger comida de la nevera como a ellos. Si cogía comida, la señora me pegaba. Me pegaba con frecuencia. Me daba bofetadas continuamente. Me pegaba con la escoba, con las sartenes, o me daba de latigazos con un cable. A veces sangraba: sigo teniendo marcas en el cuerpo.
Una vez, en 1992, me retrase al traer a los niños del colegio; la señora y su marido se enfadaron muchísimo conmigo, me pegaron y luego me echaron a la calle. No tenía a donde ir; no entendía nada y empecé a vagar por las calles. Al cabo de algún tiempo su marido me encontró y me llevó de nuevo a la casa. Una vez allí, me desnudaron, me ataron las manos a la espalda y empezaron a pegarme con un cable atado a un palo de una escoba. Me pegaban los dos al mismo tiempo. Yo sangraba mucho y gritaba, pero ellos siguieron pegándome. Luego la señora me froto las heridas con una guindilla y me la introdujo en la vagina. Me desmayé.
Al cabo de un tiempo vino uno de los niños y me desató. Me habían dejado tirada en el suelo varios días. Sentía un dolor espantoso pero nadie me curó mis heridas. Cuando pude ponerme en pie tuve que empezar a trabajar de nuevo, a partir de entonces no me dejaron salir del piso. Seguían pegándome.
Seba fue finalmente liberada cuando un vecino, al oír los abusos y las palizas, consiguió hablar con ella. Al ver las cicatrices y las heridas, el vecino llamó a la policía y al Comité Francés contra la Moderna Esclavitud (CCEM), el cual presentó una denuncia y se hizo cargo de Seba. Los exámenes médicos confirmaron que había sido torturada.
Hoy Seba está bien atendida y vive con una familia de voluntarios. Recibe una terapia y está aprendiendo a leer y escribir. La recuperación durará varios años, pero ella es una joven extremadamente fuerte. Lo que más me sorprendió es lo mucho que aún le falta por aprender. Mientras charlábamos, me di cuenta de que, aunque tenía veintidós años y era inteligente, su conocimiento del mundo era más limitado que el de un niño de cinco años. Por ejemplo, antes de su liberación desconocía prácticamente la noción del tiempo: no sabía lo que eran las semanas, los meses o los años. Para Seba solo existía la interminable rutina del trabajo y el sueño. Sabía que hay días calurosos y días fríos, pero ignoraba que las estaciones se suceden periódicamente. No sabía ni cuantos años tenía ni cuando era el día de su cumpleaños. Le desconcierta la idea de «elección». Su familia de voluntarios la ayuda a tomar decisiones, pero ella sigue sin comprender muy bien qué es eso.
La nueva esclavitud en la economía global
Kevin Bales

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